Me quemé. 

George Tooker – Government Bureau (1956)

El Burnout – quemarse – representa un desgaste y alteración a nuestra capacidad para adaptarnos a situaciones de estrés intenso continuas y prolongadas. No es sólo cansancio, no es debilidad o falta de aguante y superarlo requiere acompañamiento terapéutico.

El burnout es un problema serio. Acorde a la Superintendencia de Seguridad Social, desde el año 2024 Chile lidera a nivel regional los indicadores de enfermedades de salud mental asociadas al trabajo y por primera vez desde su medición, las consultas por problemas de salud mental asociadas al trabajo superaron las consultas por lesiones físicas en sectores como educación, salud, finanzas, atención al cliente, turismo y comercio. Debemos considerar que en promedio, detalla, una licencia médica de salud mental a ocasión del trabajo alcanza los 28 días.

Mientras que el estrés es una respuesta transitoria y esperable para enfrentar desafíos o exigencias que percibimos como amenazantes permitiéndonos prepararnos, tomar decisiones y actuar; el burnout implica un estado de agotamiento físico, emocional y cognitivo patológico que trasciende del ámbito laboral, manifestándose en un distanciamiento afectivo como estrategia defensiva – consciente e inconsciente- frente a una carga laboral crónica que sobrepasa persistente y ampliamente nuestra capacidad de adaptación.

Algunos de los signos característicos del distanciamiento afectivo son la disminución de la empatía ante el dolor, la alegría o necesidades de quienes nos rodean  y nos importan tanto dentro como fuera del trabajo. Indiferencia ante situaciones estresantes que en otro momento pueden haber generado una fuerte reacción emocional. Disminución en la profundidad de las relaciones interpersonales, manteniendo vínculos más superficiales o meramente funcionales y un marcado impacto en cómo percibimos nuestra realización personal. 

También, más grave, puede implicar una desconexión con las propias emociones, perdiendo la capacidad de contactarse con lo que ocurre alrededor, hasta el punto de la despersonalización como último recurso de defensa y supervivencia. En la despersonalización se pierde la capacidad de mentalizar, de leer los propios estados internos y los de los demás , se sufre una sensación de ser un espectador de la propia vida, se anestesia el yo, percibiendo nuestros actos, palabras y emociones como si no fuesen propias.

El cuerpo paga el precio y lo resiente. Investigaciones recientes demuestran cómo el burnout es capaz de modificar estructuras cerebrales como la amígdala, nuestra central de alarma encargada del miedo y nuestras respuestas de supervivencia, manteniéndonos hipervigilantes, irritables y ansiosos; y la corteza prefrontal, encargada de tomar decisiones, planificar y modular nuestro autocontrol, expresándose comúnmente como niebla mental, ineficacia, problemas para concentrarse, bloqueos o lentitud en el pensamiento.

El burnout no es sólo cansancio, no es debilidad o falta de aguante. Es un problema de salud mental que requiere acompañamiento terapéutico.

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Referencias

  • American Psychiatric Association (APA). (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed., text rev.)
  • Fonagy, P., & Luyten, P. (2023). A mentalization-based approach to the psychopathology of chronic stress and professional burnout. World Psychiatry.
  • Maslach, C., & Leiter, M. P. (2016). Understanding the burnout experience: Recent research and its implications for psychiatry. World Psychiatry
  • McEwen, B. S. (2017). Neurobiological and systemic effects of chronic stress: From allostatic load to memory and extinction. The Lancet Psychiatry. 
  • Superintendencia de Seguridad Social (SUSESO). (2024). Informe anual de indicadores de seguridad y salud en el trabajo: Estadísticas de siniestralidad laboral y salud mental. Gobierno de Chile.
  • Tull, M. T., et al. (2024). Neuroplasticity alterations and emotional numbing in severe occupational burnout. Nature Mental Health.

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